Meditacion y mindfulness

La Ira

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Puede parecer que somos agresivos, pero en realidad sólo estamos asustados.
BYRON KATIE

Hace unos días hablaba con una amiga, que me contaba lo preocupada que estaba por la cantidad de odio que ve en todas partes.

Me decía que conocía a gente de primera mano que iba a votar a partidos de ultraderecha en las elecciones generales y cómo le había resultado sorprendente darse cuenta de que esa gente llevaba toda su vida con un odio dentro que no habían podido expresar porque no era políticamente correcto. Sin embargo, ahora, no solo se acepta sino que un partido político lo legitima.

Desde que tuvimos esa conversación me noto con un nudo en el estómago, ensayando argumentos en mi cabeza contra los de esa gente, con ganas de bronca y deseando cantarles las 40 a unos cuantos.

Como dice el Dalai Lama:

Cuando estamos bajo la influencia de la ira o el apego, nos limitamos en nuestra capacidad para ver la situación de forma realista. Solo cuando la mente es compasiva está en calma, y entonces somos capaces de usar nuestra capacidad de raciocinio de manera práctica, realista y con determinación.

Ira

Einstein decía que no se puede solucionar un problema desde el mismo lugar desde el que se creó. Así que parece razonable que no podamos solucionar la rabia, el odio y el miedo de toda esa gente desde nuestra propia rabia, odio o miedos.

Pero ¡qué fácil es dejarse llevar por ellos!

Supongo que tiene sentido. Al fin y al cabo, si la función primordial del cerebro es la supervivencia, ante la respuesta agresiva (o potencialmente agresiva) de otro, parece razonable que nos pongamos en alerta y se disparen todos los mecanismos del ataque.

El problema es que el Homo Sapiens lleva intentando solucionar las cosas a base de tortas desde que nació, hace ya unos cuantos millones de años… y no parece que nos funcione muy bien.

Pero además la rabia (o mejor llamémosla ira, que si no parece que hablamos de Cujo) es una emoción que me llama especialmente la atención.

Admitámoslo, es mi talón de aquiles.

De hecho es la razón por la que empecé a meditar.

Una historia personal

Llevaba años trabajando en una multinacional, haciendo un trabajo que se me daba bien pero que odiaba hacer, fundamentalmente porque me hacía ir en contra de mis valores.

Pero, por otra parte, mi ego estaba encantado con la responsabilidad y con el reconocimiento… Los seres humanos somos muy extraños.

El resultado era que siempre estaba enfadada, gritaba mucho y no dejaba de decir palabrotas (con el tiempo he descubierto el poder que tiene el lenguaje en nuestro estado de ánimo). Pero ahí seguía, tanto mi cuerpo como mi mente atascados en el mismo sitio.

Hasta que nació mi hijo.

Y un día me vi gritando y dirigiendo toda mi ira hacia él. Y me di cuenta de que sí, estaba cansada, la situación me sobrepasaba, esto de la maternidad es muy duro y todo lo que yo quisiera, pero que mi problema no venía de ahí, sino de no saber cómo manejar mis propias emociones.

Pero sobre todo comprendí que aquello no traía nada bueno. Ni a la gente a mi alrededor ni, desde luego, a mi.

Desde entonces he aprendido mucho sobre inteligencia emocional, que es la ira, cómo podemos empezar a manejarla, cómo podemos cambiar nuestra relación con ella y, sobre todo, que no es algo que se pueda conseguir de un día para otro.

ira
Photo by Henrik Pfitzenmaier from Pexels

¿Qué es la ira?

Una emoción. Hasta ahí todos de acuerdo.

Definición según la RAE:

1. f. Sentimiento de indignación que causa enojo.

2. f. Apetito o deseo de venganza.

3. f. Furia o violencia de los elementos de la naturaleza.

4. f. pl. Repetición de actos de saña, encono o venganza.

Pero ¿por qué es tan difícil de controlar, eliminar y/o manejar?

No creo que sea posible sentir rabia sin ir asociada a muchas otras emociones.

En casi todos los casos suele ir seguida de culpa, que hace que dirijamos nuestra rabia hacia nosotros mismos, lo que provoca más rabia, que provoca más culpa…

Pero si pensamos en qué ocurre antes, qué es lo que la invoca… Creo que, si indagamos lo suficiente, siempre llegaremos a la misma conclusión:

Respondemos con rabia a nuestro miedo más básico, no ser queridos.

Mi teoría

Tengo teorías para todo, ya te habrás dado cuenta.

Y es posible que esté aquí generalizando, porque evidentemente, como mucho sé lo que pasa en mi cabeza, pero no lo que pasa por la de todo el mundo.

Aún así me parece que, en este caso, no voy demasiado desencaminada.

Mi teoría es que el miedo a no ser queridos, a no pertenecer, es la base en la que se cimenta casi todo (si no todo) nuestro comportamiento y nuestras creencias.

No todos experimentamos ese miedo de la misma manera, claro. Y hay quienes lo manejan mejor que otros, pero empiezo a comprender que, aquellos que consideramos seguros de sí mismos, o que no transmiten ese miedo, no es que no lo sientan. La diferencia está en qué es lo que hacen con él.

Creo que lo que hacen es aceptarlo y darle amor.

Ya me imagino que ahora mismo te estarás partiendo de la risa imaginando a un tiarrón muy seguro de sí mismo dando amor a su miedo como si fuera el malvado de una película de James Bond acariciando a su gato, ¿a que sí?

Pero el caso es que me da que ese tiarrón no es tan seguro de sí mismo. Lo que he visto en mi vida es que, cuando ves a alguien pisando fuerte, con una personalidad arrolladora, suele ser gente que oculta mucho miedo. Ese mostrar a los demás lo seguros que son suele ser una barrera para impedir que nadie mire en detalle o, peor aún, que se atreva a retar esa percepción que tienen de sí mismos.

En mi caso, te aseguro que es así. Cuando me comporto como si fuera el alma de la fiesta me aterroriza que la gente se de cuenta de lo falsa que me siento.

La gente que de verdad se quiere a sí misma, irremediablemente siente la misma compasión y amor hacia los demás, y no necesita demostrarse nada. Así que suelen ser los más dispuestos a apoyar a los demás.

Volviendo a mi teoría…

Como te decía, creo que una de las formas más habituales de responder al miedo es con ira. Es una forma de defenderse, como cuando un animal siente peligro y ataca para protegerse.

Y este miedo es tan primario (porque, si lo piensas, que no te quieran, que no te acepten, siendo como somos la especie más social del reino animal, implica la muerte) que no estamos hablando de responder con la ira, sino de reaccionar automáticamente.

Esto significa que, cuando algo o alguien activa ese miedo primario, saltamos directamente al modo supervivencia, en el que el cerebro más evolucionado, el córtex prefrontal, que es el encargado de la empatía, la compasión y las relaciones sociales, se bloquea. Entonces toma el control el cerebro reptiliano, la amígdala, la parte más interna y más arcaica del cerebro cuyo principio fundamental es la supervivencia.

Cerebro triúnico, cerebro reptiliano
Imagen modificad de este original

Y tiene sentido desde un punto de vista evolutivo, porque en caso de vida o muerte, si nos atenemos a la teoría de la evolución, mi única preocupación como individuo debe ser transmitir mi código genético, así que mi supervivencia debe ser más importante para mi que la de ningún otro.

Y en ese escenario, la ira puede ser de gran ayuda. Me puede ayudar a justificar mi desapego del otro.

Empatía

Hay muchos estudios sobre la empatía, pero para este caso me quedo con uno del que hablaba Tara Brach en una de sus charlas:

Se trabajó con un grupo de adolescentes israelíes y con otro de palestinos. Durante varios días hicieron ejercicios y convivieron juntos. Uno de los últimos consistía en sentarse en parejas, uno frente a otro, sin hablar, sin interrelacionarse. Solo tenían que mirarse.

Al final de aquella convivencia, una de las chicas israelíes decía, sobre los adolescentes palestinos: era mucho más fácil odiaros cuando no os veía.

La fuerza que tiene esa frase me pone la carne de gallina. Porque esa es la clave, dejamos de ver al otro. En nuestra cabeza somos capaces de convertirle en algo que no es humano, es diferente (y peor, o inferior) a nosotros. Solo cuando podemos crear esa separación somos capaces de librarnos de nuestra empatía y compasión.

Cuando dejamos de vernos a nosotros mismos en el otro somos capaces de hacerle daño.

La compasión, por otra parte, activa nuestra capacidad de empatizar. Y si empatizamos somos capaces de caminar por fuego para ayudar al otro. Porque entendemos sus sufrimientos, sus sueños y sus miedos.

Y, de alguna forma, muy dentro de nosotros, comprendemos que compartimos algo que nos une, aunque no sepamos nombrar el qué.

Jack Kornfield lo expresa mejo:

La verdad es que no estamos separados.

Pero Buda dice que sufrimos cuando olvidamos quiénes somos.

¿Será por eso que sufrimos tanto cuando sentimos ira, odio o rencor hacia el otro? ¿Cuando nos creemos esa historia que nos contamos a nosotros mismos en la que nos decimos que somos diferentes al otro?¿Cuando el miedo nos hace olvidar que somos amor, y que nada de lo que hagamos hará que perdamos esa capacidad de amar y de ser amados?

La fuerza del miedo

A ver si te identificas con esto:

Rodeamos esa idea de que no nos van a querer con creencias del tipo:

  • No me merezco que me quieran;
  • Si descubren que tengo estos pensamientos o sentimientos (egoísmo, deseos, o cualquier cosa que eches a tu sombra) dejarán de quererme;
  • Tengo que ser como se espera que sea para que me quieran;
  • Si tengo más dinero (más cosas, mejor trabajo o lo que sea) me querrán/seré aceptado/dejaré de tener miedo.
el miedo que nos provoca que alguien descubra quién creemos que somos puede hacer que respondamos con rabia
Imagen cortesía de Icons8

Y cuando sentimos que alguien puede descubrir nuestro secreto, que hemos convertido en un monstruo supurante de veneno en nuestra alma, saltamos como gatos. Preferimos morir matando antes que alguien vea quien creemos que realmente somos.

Un ejemplo muy personal

Para que no digas que no me mojo, te cuento cómo lo vivo yo con uno de los ejemplos más habituales: el coche.

Cuando conduzco y alguien me hace una jugada, se desata el demonio que llevo dentro. Pasa de un segundo a otro y, solo cuando estoy en medio de la vorágine, me acuerdo de prestar atención a mi cuerpo.

Entonces me doy cuenta del calor que me sube hasta las orejas, que seguro que estoy roja como un tomate, que me duele la garganta del grito que he pegado, que mis brazos están tensos y, a veces, hasta veo puntitos negros de la subida de tensión que me ha dado.

Y entonces pienso, ¿de dónde viene todo esto? ¿Qué es lo que creo que acaba de pasar? O, como dice Tara Brach, ¿qué es lo que no quiero sentir?

Veo mi creencia de que ese señor se ha colado porque se cree más listo que yo. Y siento vergüenza ante la idea de que me haya visto como una tonta. Porque en mi familia, durante mi infancia, el mayor símbolo de tu importancia era la inteligencia.

Hasta el punto de creer que, si no soy lo bastante lista, no me van a querer.

Qué dice la meditación de la ira

Hay una semilla de ira en todos nosotros. Hay una semilla de compasión en todos nosotros. La práctica ayuda a favorecer el crecimiento de la semilla de la compasión y empequeñecer la semilla de la ira.

Hay una semilla de ira en todos nosotros. Hay una semilla de compasión en todos nosotros. La práctica ayuda a favorecer el crecimiento de la semilla de la compasión y empequeñecer la semilla de la ira.
Thich Nhat Hanh

Pues en meditación se cree que cualquier experiencia que tienes es una oportunidad para aprender y practicar Consciencia.

Mediante esa presencia atenta, consciente y, como recalca Thich Nhat Hanh, compasiva, podemos observar los procesos de la ira, su raíz. Y decidir entonces qué semilla queremos regar.

El espejo

Muchos consideran que, cuando reaccionamos ante algo en otra persona, es porque vemos un reflejo de algo que no podemos aceptar en nosotros mismos.

Todo lo que nos irrita en otros puede llevarnos a un entendimiento de nosotros mismos.
Carl Jung

En mi propia experiencia esta es una verdad como un templo. Eso sí, incómoda como pocas de aceptar.

Pero, si eres honesto contigo mismo (y lo mejor de esto es que no tienes que ser honesto con nadie más), si cada vez que te veas atrapado en una crítica hacia otra persona, o un juicio de cualquier tipo, o te invada la ira, puedes parar un segundo y preguntarte; ¿qué es lo que me pica tanto?, ineludiblemente descubrirás que, eso que ves frente a ti es algo que te saca de quicio de ti mismo.

Y entonces ya sabes qué hacer, ¡darte amor!

Porque…

Puedes buscar en el universo entero a alguien que merezca más que tú ser amado, y no podrás encontrar a esa persona. Tú, tanto como cualquier otro ser del universo, mereces ser amado.

Lo dice Buda. Y yo diría que sabe de lo que habla.

Rumi
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2 comentarios en «La Ira»

  1. Me gusto mucho tu articulo, claro y directo, yo digo que no tengo sombras, sino bestias y es dificil reconocerlas al espejo y apropiarlas. Gracias por compartir

    Responder
    • Gracias, Lilian. Sí, yo a mis sombras las llamo monstruos. Parece que se mimetizan y se esconden y, solo cuando reaccionas sin saber de dónde sale eso, puedes empezar a intuirlas. Por eso este camino hacia la consciencia me parece un regalo, al ofrecernos el reconocer esos momentos como una oportunidad de aprendizaje.
      Un abrazo grande.

      Responder

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